En el número anterior analizábamos porqué nos resigna-mos a vivir menos y peor, a envejecer prematuramente, a ver los niños con problemas de viejos, a estar carentes de energía e inmunidad, a convivir con problemas crónicos y degenerativos, y nos preparamos para aceptar una inevitable ancianidad oscura y humillante. En el fondo, la aceptación del “determinismo” se convierte en algo “cómodo”. Muchos ven al gen, al virus, al estrés o al karma como una exención de responsabilidades. La mediocridad es algo que me “tocó” en un “reparto injusto”. Y como uno cree tener “mala suerte”, no queda más que resignarse y aprender a convivir con el problema, lo mejor posible. Algo así como el preso, que se acostumbra y se amiga con las rejas de la cárcel.

La noticia -mala para quienes están resignados y buena para quienes intuyen la falacia de esto-, es que todo está, estuvo y estará siempre en nuestras manos. Quedémonos tranquilos; no hay una perversidad existencial en nuestra contra. Sin entrar en consideraciones que exceden nuestro ámbito, la simple percepción de las leyes biológicas que rigen la vida (aún no del todo desentrañadas por la ciencia moderna), sirve para liberarnos del avieso determinismo.

La buena nueva del abordaje fisiológico es que todo tiene solución. Pero claro, hay un “precio por pagar”; como refunfuña el tango: “nada es gratis en esta vida cruel y sufrida”. El precio no se expresa en “morlacos”, sino en actitud. Y más que nada, en términos de responsabilidad: basta con “hacerse cargo” de nuestra realidad corporal. Es algo que podemos hacer en casa y con los recursos que tenemos a mano; no necesitamos ir a un lugar particular, ni depende de una poción mágica. Pero, aunque parezca mentira, lamentablemente muchos no están dispuestos a asumir esta responsabilidad de la autogestión.

Venimos condicionados para no asumir responsa-bilidades, tal como niños crónicos que somos. Tengo un problema y pago para que alguien me lo resuelva. ¿Quién generó el problema? Uno. ¿Quién lo resuelve? Uno. Los de “afuera son de palo”. Pero claro, nos encanta “sacarnos el moco del dedo”. Por eso hemos dado vida a un poderoso sistema especializado en dicha tarea. Y que además nos coloca en el papel de “pobres víctimas”, que a la mayoría no disgusta. Tenemos una estructura física maravillosa, que se autorepara, se autodepura y se autoregenera. Todo es gratis y funciona en modo autónomo. Solo requiere que respetemos las leyes con las cuales se creó y evolucionó la especie humana. Y son leyes muy sencillas; hasta demasiado simples. Nada místico ni de difícil comprensión; una simple cuestión de lógica doméstica: basta “limpiar y no ensuciar”. Es un simple proceso de autogestión casera y personal.

Hay muchas cosas que podemos hacer diariamente para mejorar nuestra calidad de vida. Este término significa: buen nivel de energía, adecuado manejo del estrés, retardo del proceso de envejecimiento y ausencia de los desequilibrios que llamamos enfermedad. ¿Por qué esperamos un diagnóstico grave, para recién entonces comenzar a modificar hábitos nocivos?

La calidad de vida depende únicamente de nosotros y podemos mejorarla a través de cosas sencillas que podemos incorporar en nuestra rutina diaria, beneficiando incluso a todo el entorno familiar.